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El transactivismo está dificultando aún más las vidas de las personas trans

Las personas transexuales nunca pretendimos controlar o imponer determinado uso del lenguaje: emprendíamos una transición y seguíamos con nuestra vida.

Este año se popularizó la expresión no binario. El equipo lexicográfico del diccionario Collins en el Reino Unido ya recoge la entrada non-binary y la define como “identidad sexual o de género que no pertenece a las categorías binarias masculino/femenino, heterosexual/homosexual”.

La expresión no binario también figura en el manifiesto del partido Liberal Demócrata del Reino Unido, aunque para estas alturas la parlamentaria Jo Swinson quizás se esté arrepintiendo de ello. Es fácil hacerse propaganda con las palabras no binario, pero mucho más difícil explicarlas al electorado… o a periodistas. En una serie de complicadas entrevistas durante la semana, incluso negó el hecho de que todo ser humano es de sexo masculino o de sexo femenino. Soy docente y enseño ciencias: si la parlamentaria fuera mi estudiante, la esperanza se me habría ido al suelo.

Inicié mi transición a los 44, después de haber enfrentado dificultades con mi género a lo largo de toda mi vida. A los tres años ya quería ser una niña más, aunque no sabía por qué. Tampoco sabía si los otros niños se sentían como yo. En todo caso, percibía que no era un tema del que se pudiera hablar: los tabús se instalan a edad temprana. Mi disforia de género nunca desapareció en los años previos a mi transición, pero su intensidad sí pasaba altibajos dependiendo de lo feliz que me sentía y de lo atareada o no que fuera mi vida. Al final, cuando sentí que me rebasaba, di el paso.

Como mujer trans inmersa de lleno en el debate sobre los derechos de las personas trans, me parece que la definición que recoge el diccionario Collins no aclara gran cosa, sobre todo porque confunde sexo con género. George Orwell decía “Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje puede, a su vez, corromper el pensamiento”. En mi opinión, los vertiginosos cambios en el uso del lenguaje en torno a la problemática trans han corrompido mucho del pensamiento.

El uso de las palabras sexo y género se ha vuelto cada vez más confuso, pero son dos conceptos muy distintos. Básicamente, el sexo guarda relación con la biología y el género con la psicología. Nuestro sexo se relaciona con nuestra función, así sea potencial, en la reproducción de la especie. El género, por otra parte, es un término más abstracto que se asocia a aspectos de nuestra psicología: la forma en que nuestra personalidad se manifiesta en el contexto de los atributos que la sociedad asigna a cada sexo.

Si bien algunas personas se sienten incómodas cuando se les dice que tienen un sexo, la realidad es que tienen un sexo y este puede ser masculino o femenino, es decir, son hombres o mujeres. No podemos cambiar de sexo ni podemos elegirlo, así como no podemos elegir el color de nuestros ojos.

El sexo es binario. Se necesitan dos seres humanos para concebir un bebé: una persona aporta el óvulo y otra aporta el esperma. A pesar de lo que diga el diccionario, nadie vive fuera de la categoría dual de los sexos, sexo masculino/hombre y sexo femenino/mujer; en ese sentido, nadie es no binario. Las personas intersexuales pueden tener variaciones del desarrollo sexual, pero esas diferencias se enmarcan en ambos sexos, no entre ellos.

El género es bastante inasible. Los llamados roles sexuales y las características esperadas de cada uno varían enormemente. Quién se maquilla y quién viste pantalones, por ejemplo, son cuestiones sociales que cambian constantemente. ¿Cuántas identidades de género podría, pues, haber? Hasta hace poco, la muy autorizada fuente llamada Facebook mencionaba 71. Cada persona es única y despliega una desordenada mezcla de características consideradas masculinas o femeninas. En cuestión de género no hay tal binario: todas las personas somos no binarias.

Pienso que confundir sexo y género es una trampa artera que está causando graves problemas. Se está discutiendo la consagración de “derechos de personas no binarias” en las leyes, incluido, por ejemplo, el derecho de omitir los indicadores del sexo en documentos oficiales. El sindicato actoral Equity está presionando a los teatros para que dejen de decir “damas y caballeros” antes del inicio de una obra. Los pronombres ya no son descriptivos, sino prescriptivos, y la penalización infligida a quien no se doblega puede ser severa e ir desde la expulsión de las redes sociales hasta recibir una visita de la policía.

Me preocupa el rumbo que está tomando este asunto. Las personas transexuales nunca pretendimos controlar o imponer determinado uso del lenguaje: emprendíamos una transición y seguíamos con nuestra vida. De hecho, un indicador de una transición exitosa era el pronombre que una persona a la que no conocíamos usaba para dirigirse por primera vez a nosotros.

Cuando alguien dice identificarse como mujer, como persona no binaria o incluso como pingüino, en realidad lo que expresa es que se autodenomina mujer, persona no binaria o pingüino. Ser mujer no es “sentirse” mujer, a pesar de la canción de Shania Twain. Se es mujer o no se es mujer.

Si creamos una categoría para lo no binario, estaremos, de suyo, creando una categoría para lo no no binario o, dicho de otro modo, lo binario. ¿Qué pasa con los hombres y las mujeres inconformes con el género que no desean apuntarse a ser no binarios? El riesgo es que toda la gente se vea obligada a elegir entre dos nuevas categorías: no binario y binario (que, en sí mismo, es un nuevo binario). ¿No sería mejor dejar que cada uno encuentre su camino en la vida?

La nueva generación de activistas LGBTQ+ bien puede afirmar que la agitación por los derechos de las personas transgénero y no binarias es un reflejo del activismo por los derechos de las personas homosexuales hace treinta años, pero estas siempre lucharon por la igualdad de derechos; nunca hicieron campaña por el derecho de modificar la forma de pensar de los demás.

Las personas transexuales antes tampoco buscaban imponer ideas: su objetivo era pasar inadvertidas en la sociedad. Siete años después de iniciada mi transición, puedo decir que me siento mucho más feliz y que nunca me ha parecido justo buscar la apropiación de los derechos de las mujeres; simplemente, comparto el mundo con ellas como un ser humano más.

En medio de lo acalorado y enredado del debate, el contragolpe infligido a las personas como yo es cada vez peor. Cada vez que un activista exige obediencia o se erige en la policía del pensamiento para develar escandalosas evidencias de supuestos delitos, la simpatía que antes despertaba una persona trans se ve remplazada con exasperación, sospecha y exclusión. Se trata de una deriva escalofriante para las personas transexuales en tiempos de ascenso del populismo en todo el planeta.

Entre las víctimas figuran, incluso, quienes se identifican como no binarios. Aunque Sam Smith y Rose McGowan se autodenominen no binarios, la sociedad sí los percibe como pertenecientes a uno de los dos sexos. Podemos jugar a que el sexo no existe, pero ignorar el sexismo deja a la intemperie a quienes padecen su opresión, un hecho que afecta de manera desproporcionada a uno de los sexos… y no es precisamente el sexo del que Sam Smith pretende escapar.

Aun así, no podremos huir jamás de la realidad de nuestros cuerpos sexuados. Debemos de proteger el derecho individual de desafiar las normas de género y expresar nuestra personalidad, pero no hay nada progresista en obligar a la gente a encajar en nuevas categorías que entrañan otras limitaciones y expectativas.

Quizás en unos treinta años recordaremos lo no binario como una expresión más de personalidades que se presumían originales, evocadora de otras tribus urbanas como los mods, los punks o los góticos de generaciones anteriores. Como entonces, la mejor reacción bien podría ser un “Genial, cielo”… y seguir con nuestras vidas. En realidad, no hay nada nuevo bajo el sol.


Por Debbie Hayton y traducido al español por Atenea Acevedo.

Este artículo fue publicado por primera vez en inglés por The Spectator el 14 de diciembre de 2019: Trans activists are making life harder for trans people

(N. de la t. Este texto es una traducción del artículo Trans activists are making life harder for trans people, publicado por Debbie Hayton el 14 de diciembre de 2019. Mi interés en traducirlo obedece a la importancia de diferenciar entre sexo y género, y entre la defensa de los derechos de las personas trans y el transactivismo como movimiento que pretende conculcar los derechos de las mujeres basados en el sexo.)

By Debbie Hayton

Physics teacher and trade unionist.

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